Posteado por: saquenunapluma | 04/17/2018

El tercer apetito. Notas sobre su creación

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El tercer apetito

                                         “Si la canela y la carne de cóndor se unen
por primera vez en mi plato, ¿por qué se funden
como si hubieran nacido juntas? Yo creo que por fe.”

– Quiero hacer un unipersonal – dijo José Luis -. Y quiero que me dirijas.

– Dale- contestó Alejandra-. Pero con una condición.

Y la condición fue trabajar con la metodología de la creación a partir de las palabras del actor, que también investigo en varios grupos luego de que los seminarios intensivos con Román Podolsky me abrieran la puerta a la palabra en el campo de la creación colectiva. Vale aclarar que dábamos por sentada la piedra fundamental: la fe. Fe en nosotros mismos, en el otro y en las posibilidades de nuestra combustión.

El primer encuentro fue para recibir la lista de temas de interés de José Luis, tan variados que iban desde la ventriloquía, hasta un pedacito de carta encontrado en la calle. Al final de la lista, una revista de gastronomía junto a la evocación de su abuelo mozo.

Y de allí, sin escala, al espacio. Para esos primeros encuentros, conociéndonos bien, puse otra condición: no hablar. No hablar entre nosotros antes de trabajar, no ponerle cabeza, reservar la palabra para el actor en trabajo dramatúrgico de producir textualidad en el presente vivo de la improvisación. Comenzó el juego, y con él, el manantial verbal infinito que es este actor, inusitadamente prolífico. Recién comenzábamos pero ya había frases que sabíamos que quedarían en la obra. La primera: “y si la suerte fuera un manojo de ángeles que se detienen a mirarnos y nos eligen?” Ya teníamos una línea, un norte provisorio, así que nos entretuvimos bastante tiempo en el tema del azar, como si esa frase necesitara alguna justificación.

El mundo de la gastronomía se fue instalando, escoltado de sensorialidad. Apareció la cocina, el salón de un restaurante habitado por un mozo, por un chef. La bibliografía abundante que el actor aportaba constantemente, y que nos abría el mundo: Paolo Rossi, Anthony Bourdain, Levi Strauss, el infaltable Ratatouille, que se inmiscuía en cada ensayo. La enciclopedia de los sabores, de Niki Segnit fue sin duda una gran inspiración. Las curiosidades, lo escatológico, las excentricidades, los platos con especies prohibidas, las recetas, el libro de quejas, los juegos con cassettes, y tanto más. Cocinábamos, claro, en cada encuentro de mesa. Podíamos seguir así la vida entera, en la pasión compartida por la búsqueda. Fue difícil salir de allí, nunca salimos del todo.

Se impuso, entonces, poner orden. Estructurar, indagar poética y dramáticamente el material para elegir. Qué hacer con las desmesuras: quitarlas o contenerlas. De qué modo. Evocamos e invocamos a Kartún. Lo verosímil. El género. La historia. La dialéctica. Que las ideas fuertes no compitan. Empezábamos a tejer (“texto” viene de “tejido”), a trenzar con varios hilos. La parte más difícil del proceso. Creer que encontrábamos, comprobar que no, volver al inicio para evadir construcciones obvias que nosotros mismos habíamos erigido. A esa altura ya habíamos blanqueado nuestro miedo compartido: para ambos era nuestra primera experiencia en unipersonal, luego de un vasto recorrido en grupos numerosos. Tal vez sea por eso que prestamos especial atención a generar diversos interlocutores, esa gran necesidad de encontrar voces con las que interactuar.

Con ese manojo de relaciones, tensiones esbozadas y algunas ideas que todavía no terminaban de cuajar, cursé un seminario intensivo con Marco Antonio de la Parra, que utiliza los proyectos de los asistentes para ir al fondo de la esencia dramática de las obras en proceso. Experiencia riquísima de la que salí –eternamente agradecida- con un nuevo interlocutor.

En esta etapa descubrimos claramente que estábamos hablando de los procesos creativos en general. Sólo era cuestión de completar con aspectos de los mismos que aún no habíamos abordado.

Y todavía había que resolver qué cocinar, en qué tiempos. Decisiones que iban modificando el transcurrir escénico, y viceversa.

Cuando percibimos que estábamos llegando al final, apareció la invitación a estrenar en México en febrero del 2017. Continuamos ensayando, armando escenografía que no pudo viajar, quitando lo que seguía sobrando, tramitando pasajes, alojamiento, previendo la construcción de la nueva escenografía en México, pautando ensayos con el teatro, averiguando si nuestras verduras “actrices” se conseguían en los mercados o las deberíamos reemplazar. Vértigo, vértigo, vértigo.

La experiencia allí fue sorprendente: algunas combinaciones insospechadas de sabores que creíamos provocativas no causaba ninguna impresión. Pero sí resultó impactante que desde Argentina, capital mundial del teatro, fuéramos a México a estrenar.

Ya en Buenos Aires, realizamos funciones en El Damero y en salas de la zona oeste del conurbano. Ahora armamos la cocina en la flamante y cálida Tromvarte. Nuestra manera de trabajar nos hace seguir buscando matices, agregando detalles, acomodándonos a nuevos espacios. Ambos concebimos la obra teatral como un organismo siempre vivo que no hay que dejar de alimentar.


Alejandra Sánchez y José Luis Arias, mayo, 2018. El tercer apetito se presenta los sábados 20.30 hs en Tromvarte Teatro de Pasaje Santa Rosa 5164, Palermo

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