Posteado por: saquenunapluma | 08/28/2014

ESCRIBIR en IMAGENES ¿Qué diferencia un texto malo de un texto bueno? :: fragmentos de Aprender a escribir, de Alicia Steimberg

dogtipperPor Alicia Steimberg

Textos buenos y textos malos

Mis observaciones sobre los numerosos textos malos —y malísimos— que llegan a los concursos literarios han sido muy útiles para enseñarme, por contraste con los buenos, qué es lo que calificamos como texto malo. Quiero decir texto desechable. Siempre que soy jurado de concursos literarios me pregunto por qué fallan algunos de esos textos que están correctamente escritos pero cuya lectura resulta insoportable. Y cómo hacemos los miembros del jurado para descubrir y seleccionar los textos buenos que van a resultar finalistas y candidatos para los premios y ponernos tan fácilmente de acuerdo. Una respuesta inmediata es que los buenos textos son muy pocos y se diferencian nítidamente de los demás. […] Los miembros del jurado siempre arribamos a la misma conclusión: aproximadamente el noventa por ciento de las obras recibidas son malas o malísimas. Aunque decir que son malas no explica bien el fenómeno. Lo mejor sería decir sencillamente que “no son”. Claro que si fuera al revés sería sorprendente, porque la convocatoria no exige ningún requisito en particular para participar en el concurso; es para todo aquel que pueda llenar hasta cinco páginas con escritura y mandarlos.
[…] Pero nos falta una de esas preguntas que no podemos pasar por alto (¿Adónde van a morir los pajaritos? ¿Adónde van las medias desaparecidas que dejan a sus compañeras sin par después de un lavado de ropa?): ¿Qué hacer con ese noventa por ciento de textos enviados al incinerador de papeles una vez terminado el concurso? Yo le encontré una invalorable utilidad: me enseñaron a determinar —sin demasiado rigor— por qué un texto es malo y en qué se diferencia de un texto bueno a fuerza de mostrar casi siempre las mismas fallas y defectos, principalmente la ausencia de dos cualidades, visualidad y carácter concreto.

 

El texto malo […] trata de relatar una historia sin particularizar. Habla de un grupo de personas que salieron de viaje y sigue adelante sin haber dicho nada que permita al lector formarse una imagen visual de ellos: no se sabe si partieron de Buenos Aires en tren o de Santiago del Estero en una carreta arrastrada por bueyes, ni si esto último, lo de la carreta tirada por bueyes, sucedió en el año 1801 o en el año 1998, cuando se hizo una evocación de las costumbres camperas de otrora en Venado Tuerto. No se sabe si los turistas son de clase acomodada y van en avión a Hawaii en el año 1950, o si son cristianos que estaban escondidos en las catacumbas y un día que salieron a tomar aire fueron apresados por los guardias romanos y llevados al Coliseo para que se los comieran los leones.
Si el “cuento” sigue como la frase inicial: “Un grupo de personas salió de viaje”, abstracto, general, sin nada para “ver” con los ojos de la mente, y el lector salta tres páginas y se encuentra en medio de un túnel oscuro, el texto, sin ninguna duda, se irá a ese lugar donde mueren los pajaritos y van a caer las medias perdidas sin su compañera.

 

Visualización. Concreto versus abstracto

Veamos cuáles son esas dos características de un buen texto narrativo de ficción que observé en el comienzo de la mayoría de los libros calificados como excelentes. Pero aun antes de enunciarlas debo advertir que estos dos parámetros no son suficientes para escribir un buen texto: también están presentes en muchos bodrios y bazofias. Lo que quiero decir es que en la gran mayoría de los textos que son buenos, por muy variados motivos, se dan estas características. Eso es todo. La norma se puede formular de esta manera:

En un buen texto de ficción, prácticamente desde el primer párrafo, el lector puede imaginar visualmente lo narrado.
En todos esos buenos textos hay una preeminencia de lo concreto sobre lo abstracto.

[…] Veamos, en una lista de libros de ficción, todos tomados al azar de los estantes de mi biblioteca, las líneas con que comienza el texto:

Los viernes de la eternidad, de María Granata:
Se quedó mirándolo, quieta como una langosta. Y hasta es posible que haya crujido. Con las manos no pudo hacer nada, ni siquiera santiguarse, y pese a que sus ojos estaban a punto de reventar a fuerza de desorbitados, tuvo entereza.
[…]
El silenciero, de Antonio Di Benedetto:
La cancel da directamente al menguado patio de baldosas. Yo abro la cancel y encuentro el ruido.
Lo busco con la mirada, como si fuera posible determinar su forma y el alcance de su vitalidad. Viene de más lejos de los dormitorios, de un terreno desocupado que yo no he visto nunca, los fondos de una casa espaciosa que emerge en otra calle.
Marianela, Benito Pérez Galdós:
Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y obscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba el de la noche.
[…]
Ulises, de James Joyce:
Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida.
“Bola de sebo”, de Guy de Maupassant:
Durante varios días consecutivos habían cruzado por la ciudad jirones del ejército derrotado. No se trataba de la tropa, sino de hordas desbandadas. Los hombres llevaban barbas crecidas y sucias, uniformes andrajosos, y avanzaban con paso cansado, sin bandera, sin regimiento.
[…]
En el curso de esta investigación sobre la visualidad del texto, que no he descubierto yo, sino de la cual habla ya Borges en 1935, en el primer prólogo a Historia universal de la infamia, cuando dice en su autocrítica a los cuentos del volumen “la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas”, y enseguida: “ese propósito visual rige también el cuento ‘Hombre de la esquina rosada’”; en esta investigación, decía, no sólo está involucrada la vista, sino también otros sentidos. Observen que entre los ejemplos de comienzos de novelas y cuentos, no sólo se apela a lo visual: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, hace una increíble fusión entre lo visual y lo auditivo.

[…] Una vez escrito un texto hay que revisarlo, y si se nota una acumulación de generalizaciones y abstracciones, será bueno nutrirse de ejemplos acerca de cómo comienzan sus textos los buenos autores de ficción. Cómo los comienzan y cómo los siguen. […]

Fuente: Alicia Steimberg, Aprender a escribir (Fatigas y delicias de una escritora y sus alumnos), Ed. Aguilar, 1ª edición, 2006.

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