Posteado por: saquenunapluma | 10/22/2013

Mi amigo Samuel Beckett :: Por Israel Horovitz

 beckett21   Mi amigo Samuel Beckett
Israel Horovitz
Israel Horovitz, dramaturgo, conoció a Samuel Beckett en París a finales de los sesentas, y en las dos décadas siguientes se frecuentaron amistosamente. Este artículo es una evocación de esta amistad.El Sr. Beckett murió. Por lo tanto, París también. Me dijeron que murió la noche del viernes. Por lo tanto, todos mis héroes están muertos desde el viernes pasado.La vida se enganchó a Samuel Beckett, de manera irritante, durante casi 84 años.

Me preocupa que el mundo canonice a Sam, e ignore lo más importante, lo más obvio: con su vida el Sr. Beckett demostró que para un escritor era posible, incluso en nuestro propio siglo inferior, trabajar y vivir con seriedad, cuidado e integridad. Es posible ser como Samuel Beckett. No un santo, a veces ni siquiera una persona de muy buen gusto, pero siempre un artista: de voz clara, responsable, acorde con lo mejor. Beckett fue en lo profesional, desde joven, un viejo estricto. Y por una buena razón. Cerca de él, la calidad de la Vida era odiosa y la calidad de la Muerte una alternativa poco satisfactoria.

La moneda de Beckett que siempre puede lanzarse al aire: la Comedia para los rabos; la Tragedia para las cabezas.

Cuando me contó que había perdido los dientes, murmuré una insensatez:

-Hay cosas peores.

Enseguida me contestó:

-No hay nada tan malo que no pueda empeorar. íNo hay límites para lo mal que pueden estar las cosas!- Y nos carcajeamos.

El Sr. Beckett tenía una manera única y sutil de elogiar a sus amigos. Del James Joyce de Richard Ellman me dijo:

-Es un libro maravilloso… una biografía viva. Todo el mundo está ahí. íTodo el mundo! No se olvidó de nadie.

-Yo no estoy- sugerí.

Y él contestó de inmediato:

-íEstarás!

Es una lástima que Dick Ellman no viva ya para escribir “El libro de Beckett” como seguramente lo habría hecho.

El Sr. Beckett sabía hacer bromas pesadas. Cuando conoció a Gill (mi esposa), ordenó un wisky doble.

-Necesito un trago fuerte. Es lo único fuerte en estos días.

A principios de los setentas, yo estaba en París, en casa de mi amigo Jean Paul Delamotte, un romancier manque. Lindon (en la revista Minuit) acababa de publicar los textos más recientes de Beckett, en francés, titulados Foirade, Foirade I, Foirade II. Como esa noche saldría a tomar un trago con Beckett, le pregunté a Jean Paul qué significaba foirade, exactamente. Jean Paul dudó, cosa rara en él.

-Foirade es algo en realidad un poco, digamos, desagradable.

Cuando se lo conté a Beckett, gritó enfurecido:

-¿Desagradable? íQué ridículo!

Lugar de la escena: Estábamos sentados en una mesa de La Closerie des Lilas, un restaurante que en los treintas había sido una especie de sitio para tertulias literarias. Los días anteriores a su operación de las cataratas, Beckett usaba anteojos con vidrios de fondo de botella. Era un halcón terrestre, reconocible de inmediato, enseguida se sabía que era el inconfundible y buen Samuel Beckett. En cuanto entramos al lugar, todos lo reconocieron. Cada vez que abríamos la boca, los comensales dejaban de comer y aguzaban el oído. Beckett, casi ciego, parecía ajeno a los escuchas furtivos.

Me explicó su reacción al “desagradable” de Jean Paul señalando que había “escogido foirade con mucho cuidado”, y que en esos días se dedicaba a buscar el equivalente exacto en ingles de su título francés Foirade.

-Foirade: ¿desagradable? íQué tontería! Una foirade es un fracaso lamentable… algo que uno intenta y está destinado a fracasar, pero que sin embargo debe intentarse porque sin duda vale la pena… Eso es… un lamentable fracaso.

En este momento parecía que todos los del restaurante se inclinaban hacia nuestra mesa, atendiendo a cada palabra de Beckett. Y entonces Beckett añadió, con una levísima sonrisa:

-íClaro que foirade significa también “pedo húmedo”!

Y todos los que nos rodeaban, como los héroes de las odas de Keats, que abandonan la Tierra para vivir experiencias extraordinarias y regresan luego, se transformaron. Los chismosos de la Closerie des Lilas volvieron a sus platos… repentina, abruptamente, absolutamente transformados.

Posdata: Meses después, en una librería de Nueva York, encontré la edición inglesa, hecha por Grove Press, de Foirade: el título en ingles de Beckett era Fizzles (fiascos).

La cabeza de Matthew (totalmente) sobre la mesa, edad 9 años (aproximadamente). Mi hijo Matthew estaba cansado Se hacía de noche, yo tenía cita con Beckett y no había niñera. Así fue como se conocieron Matthew y Beckett. Sam estaba punto de dirigir Godot en Alemania, y me estaba contando de un momento particularmente cómico que planeaba. Casi al fina de la historia, Matthew, que tenía la cara sobre la mesa, roncó. Beckett se sorprendió.

-íQué bueno que ensayé contigo primero! íPuse a dormir al niño!

Mi hija Rachael vio a Beckett dos tres veces cuando era niña. Años después, a mediados de los ochentas, cuando salí de la universidad y vivía y trabajaba París, se volvieron a encontrar para comer juntos y platicar sobre la vida.

Rachael me llamó después de ver a Sam:

-Es el hombre más generoso y bueno que conozco.

Esa noche anoté en mi diario, “Beckett es tan generoso conmigo, su dinero es el Tiempo. Conmigo siempre despilfarra”!

Mitad del invierno, mediados de 1973. Tenía frío, estaba solo y con muy poco dinero. Tenía una lectura de poesía a las 8:00 en el Centro Cultural Americano en la rue du Dragon. Por esa lectura me pagarían 50 dólares. A las 7:00 iba a tomar un trago con Beckett. No lo había invitado a mi lectura porque:

1. Pensé que no le gustaría que yo leyera mis poemas en público, aunque fuera por apremiantes necesidades económicas.

2. Beckett rara vez asistía a lugares públicos.

Durante nuestra conversación parecía distraído. De pronto dijo:

-¿Vas a leer tus poemas, verdad?- Me desconcertó que lo supiera. Y luego agregó:

-¿Van a ir muchos de tus amigos?- Obviamente le disgustó que no lo hubiera invitado. Así que lo hice.

-No, gracias -dijo-. Nunca voy a esas cosas.

Pero luego me pidió que le recitara uno de mis poemas. Avergonzado, le dije que los 50 dólares que recibiría por la lectura eran sin duda un precio justo. Se rio, pero siguió insistiendo en una lectura privada

(Años después, en Hyde Park, me insistió en que corriera en círculo alrededor de él para poder analizar mi trote). De modo que recité un poema de 4 líneas, “On Boulevard Raspail”.

Con qué facilidad sonríe nuestra única sonrisa

Nunca estaremos de acuerdo o en desacuerdo

Al pasar, la hermosa muchacha accede a la perfección

Nuestro amor vive en el espacio de una puerta que se cierra quietamente.

Beckett lo escuchó con los ojos cerrados

-Hermoso- dijo.

-íCarajo!- dije, de pronto.

El abrió los ojos y me expliqué:

-íEso te lo plagié a ti!

-No, no. Yo nunca antes lo había oído…

-íClaro que sí! Es de tu poema “Dieppe”… Termina con “… el espacio de una puerta que se abre y se cierra”.

-Ah sí, es verdad. Y luego, repentinamente agregó: -íCarajo!

-¿Qué pasa?- le pregunté.

-Yo se lo plagié a Dante.

Samuel Beckett tenía reglas estrictas para la vida. Un día nos reunimos para beber un trago, justo después de que Gill y yo nos casáramos (él tenía un matrimonio en su haber, yo. tenía tres).

-íUna sola esposa! -me regañó-. Es lo que un hombre debe tener! Yeats sólo tuvo una, Joyce sólo tuvo una, yo sólo tendré una-. Samuel Beckett tenía sus héroes… y yo sabía que nunca estaría en esa lista.

Los recuerdos más hermosos que tengo de Beckett no son los de un gran escritor, sino de un gran amigo. Lo primero que me atrajo de él fue su literatura, pero pronto se convirtió para mí en uno de esos contados hombres que concienzudamente elegimos, contra la voluntad de nuestra madre, para que haga las veces de padre.

La última vez que vi a Sam, hace algunos meses, se veía tan frágil como un viejo pedazo de papel. Vivía en una habitación de un asilo de ancianos en la calle Remy Dumonce, a unos pasos de la casa de su médico. Me sorprendió darme cuenta de que Beckett vivía como uno de sus personajes. Para llegar a su cuarto había que pasar por algo llamado “el cuarto de recreo”. Dos docenas de viejos franceses, sentados en hilera como pájaros en un cable de teléfono, veían a un odioso cantante y bailarín en una vieja televisión en blanco y negro.

Interrumpí su ensoñación compartida y pregunté por Beckett. Nadie parecía conocerlo. Encontré la oficina. Me llevaron por un pequeño patio hasta la parte trasera de la casa, donde vi una habitación reducida con las persianas entrecerradas. Beckett estaba adentro, vestido con ropa luída, escribiendo con pluma y tinta en una mesa para jugar cartas.

Me detuve un momento, recordando por alguna razón la sorpresa que le causó a Beckett, 22 años antes, el que yo no conociera “Sailing from Byzantium” de Yeats. (“Un viejo no es más que una cosa gastada, un abrigo raído sobre un palo…”). Esa noche, antes de despedirnos, el poema de Yeats pasó de la memoria de Beckett a la mía (Junto con un pequeño comentario escolar de Sam:- No apruebo del todo eso de que “el alma bate palmas”).

La última habitación de Samuel Beckett era miserable, pequeña, triste: una cama, un buró, una mesa de juego con su silla, una televisión “para los deportes”. Parecía una prisión, patética. Mi primer impulso fue sacarlo de ahí y correr, llevármelo lejos a algún tiempo pasado. Me ha costado casi un año asimilarlo, aceptar que él lo eligió así. Conversamos largo rato. Me preguntó lo de costumbre sobre mis hijos, sobre mi trabajo, sobre los maratones recientes de Gill, si necesitaba dinero o me encontraba bien.

Mi turno. Le pregunté cómo se sentía. Entendía su enfermedad y la explicaba como un científico. Su cerebro no recibía suficiente flujo sanguíneo.

Pero cuando detalló la sensación -cómo se manifestaba el problema en su cuerpo- habló como el escritor que era: sucinto y claro:

-Camino sobre arenas movedizas.

Al despedirme, supe que probablemente nunca lo volvería a ver vivo. Organicé mi vida con el fin de regresar a París y estar cerca de él, durante mes y medio, a partir del 15 de enero. Subestimé a las arenas movedizas por casi un mes.

Lo que Beckett dijo de Joyce es finalmente lo que yo digo de Beckett:

-Nunca escribió sobre algo. Siempre escribió algo.

Cuando me avisaron de tu muerte, Sam, pensé medio segundo en todas esas increíbles cosas que decidiste llevarte contigo. Pero pronto recordé lo mucho que dejaste escrito… para ellos, para nosotros. Esas “pocas gemas pulidas… Lo más que uno puede dejar tras de sí. Espero”. Dejaste algunas de esas gemas, mi amigo. Por lo que a mí respecta, parece que debo quedarme aquí, garabateando otro rato.

No un adiós. Nos vemos luego, querido Sam.

Traducción: Delia Juárez G.

FUENTE: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulov2print&Article=268088

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