Posteado por: saquenunapluma | 10/03/2013

La construcción de la intriga: El suspense según Hitchcock

cinehitchcockCuando parecía imposible que se pudiera exprimir más el lenguaje cinematográfico, el cineasta Alfred Hitchcock fue capaz de revolucionar una vez más el arte con sus guiones vertiginosos y sus malabarismos de cámara. El director británico, creador de un universo propio, consiguió someter al público a las emociones menos improvisadas de la historia del cine.

En 1959, Alfred Hitchcock dirigió una de sus películas más perfectas, en cierto modo la quintaesencia de su cine: Con la muerte en los talones. En ella, Cary Grant (uno de los actores-fetiche del director) es el modelo de hombre inocente perseguido por algo que no ha hecho, sumergido en una kafkiana telaraña de intriga que arrastra al espectador hasta el centro mismo de su misterio. Nadie como Hitchcock dominó el arte de manipular al espectador, gracias no sólo a un sentido cinematográfico sin igual, sino también a un perfecto diseño de la estructura, siempre bajo un único concepto, que llevó a límites de inimaginable eficacia: el suspense.

Probablemente el mejor libro de cine jamás escrito lo compusieron conjuntamente François Truffaut y Alfred Hitchcock, el primero preguntando sagazmente al maestro del suspense por los pormenores de su larga carrera y el segundo legando a la posteridad con sus respuestas no sólo las claves de su propio trabajo, sino también una impagable lección, rebosante de gracia y de sentido común, sobre cómo hacer interesante una historia, ese arte para el cual quizás nadie como él estuvo mejor dotado en la ya centenaria existencia del cine. Aunque Alfred Hitchcock no inventó el suspense, nadie supo manejarlo con mayor habilidad. Para explicarlo puso un ejemplo, muy clarificador, que aparece en el libro citado:

“Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de la mesa y nuestra conversación es muy anodina; no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que un anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa de la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar.

En el primer caso se le ha ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso le hemos ofrecido quince minutos de suspense.”

No se consigue el mismo efecto al hacer estallar de repente una bomba en medio de una reunión que anunciando previamente su existencia: el espectador se pregunta qué sucederá entonces, empieza a proyectar sus deseos en la pantalla, sufre por los protagonistas y participa activamente en lo narrado. Hitchcock conocía a la perfección los mecanismos emocionales del público y sabía cómo jugar con él para metérselo en el puño y no soltarlo.

Hitchcock ilustró uno de los elementos que caracteriza su arte narrativo, el Mac Guffin, con una anécdota. En cierta ocasión, en un tren, un viajero portaba un extraño equipaje. Por curiosidad, su compañero de compartimento preguntó: “¿Qué es ese paquete que ha colocado en la red?” El otro contestó: “Oh, es un Mac Guffin”. Naturalmente, aquello requería una explicación. “¿Qué es un Mac Guffin?” La respuesta fue contundente: “Pues un aparato para atrapar a los leones en las montañas de Adirondaks”. El pasajero cayó en la cuenta enseguida de que no había leones en las Adirondaks, pero, entonces, ¿qué había en el paquete? Decidió por fin indagar de nuevo sobre el contenido del paquete. “¡Pero si no hay leones en Adirondaks!”, exclamó. A lo que su interlocutor respondió, impasible: “En ese caso no es un Mac Guffin.”

Con esta anécdota ponía de relieve el vacío, la nada del Mac Guffin; y, sin embargo, el director construía la mayoría de sus filmes alrededor de esa cláusula secreta, de ese algo: una botella conteniendo uranio, unos documentos privados, un microfilme, un espía inexistente, una fórmula matemática, un misterio cualquiera que debía poseer una enorme importancia para los personajes de la película, pero que era sólo un truco, un mero pretexto que carecía completamente de interés para el infalible narrador Alfred Hitchcock. En realidad, lo único que hay detrás de su obra es el laberíntico e irónico mundo de las pasiones humanas, lo engañoso de las apariencias, la culpabilidad, el amor, la identidad del hombre en crisis. Y, sobre todo, cine, grandes dosis de cine.

fuente: http://www.biografiasyvidas.com/monografia/hitchcock/filmografia.htm

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