Posteado por: saquenunapluma | 02/23/2013

Creación dramatúrgica a partir del trabajo con actores :: Crónica del proceso creativo de Esquinas en el Cielo de Mariana Mazover

 ”Como sólo sabía ’usar mis propias palabras’; escribir era simple”
Los desastres de sofía. Felicidad Clandestina.
Clarice Lispector

DSC_0034No es una tarea sencilla desandar el camino que se ha recorrido a lo largo de muchos meses de trabajo de escritura. Pero siempre es agradable hacer ese ejercicio: recordar la serie de azares y las búsquedas que guiaron el recorrido. Escribir tiene algo de misterio, de arcano. Esa es su magia.

Esquinas en el cielo es el resultado de la consolidación de un modo de trabajo que, como dramaturga y directora, deseaba profundizar desde la creación de mi obra anterior: Piedras dentro de la piedra, cuyo origen fue un proceso de trabajo de investigación colectiva. La experiencia fue tan grata, tan fructífera y tan gozosa que, al momento de decidir encarar un nuevo trabajo, elegí iniciar, nuevamente un proceso de dramaturgia del actor.

Los procesos de trabajo de creación colectiva me proponen siempre un vértigo que me resulta muy estimulante:  crear sobre el vacío. Vacío que no es tal, porque siempre trabajo con disparadores muy concretos y algunas ideas a priori sobre la poética a la que me quiero aproximar, que quiero explorar desde la escritura, pero de todos modos hay en esos procesos algo muy incierto: un grupo de personas reunidas en torno a una propuesta que es difícil precisar a qué resultado llegará; si es que llegará…  que aceptan también ese riesgo, el de ponerse a disposición de un proceso de trabajo sin saber qué es lo que finalmente se configurará como texto.
En cada nuevo proyecto, pienso que todo me va a ser imposible… Y como lo imposible sólo se hace con la complicidad y la confianza de los amigos, le propuse a Alejandra Carpineti, actriz tan valiosa y aún mejor amiga, con quien trabajamos en obras anteriores y con quien doy clases en conjunto, iniciar un nuevo proyecto. Con ella decidimos convocar a otra actriz, Lala Mendía, con quien teníamos ganas de trabajar desde hacía mucho tiempo. Completé mi equipo con una asistente dramatúrgica, Ornella Dalla Tea, un promisorio valor extraído de los talleres de dramaturgia que dicto en La Carpintería, y con ellas: pusimos manos a la Obra.

Mi primera propuesta fue el reciclaje de una idea que tenía guardada desde hacía muchos años: trabajar, de la mano de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, sobre el Wherther de Goethe para indagar en la voz de aquella Carlota que me había deslumbrado en mi adolescencia. Las dos actrices aceptaron, y fue así como desempolvé mi viejo Wherther para comenzar a interrogarlo. Nada. Hoy, ese material no me causaba, no me impulsaba.

Y así estaba yo, con un elenco conformado, y en el mayor de los vacíos sobre qué trabajar.  Las cité a las actrices y se los dije con toda franqueza. Nos quedamos sin material. Y así, en conjunto las tres, comenzamos a pasarnos distintos textos literarios que andaban rondando nuestras vidas por esos días. Por esos días, o desde siempre.

Alejandra propuso los cuentos de Infancia Clandestina de Clarice Lispector . Lala, unos cuentos maravillosos de Liliana Heker y Enrique Whernike y yo, a Silvina Ocampo, de quien yo me había propuesto, hacía unos meses una lectura sistemática de sus Obras Completas.

Poéticas diversas, que convergían en un territorio común que nos resultaba absolutamente atractivo: el de la infancia. Allí fuimos.

Pertrechada con todos los materiales de lectura, comencé a leerlos de manera poco sistemática; y a hacer mi primer trabajo de acopio: aislar en un cuaderno fragmentos sueltos de cada uno de esos materiales literarios. No buscaba captar  una hipótesis argumental, sino, simplemente un modo de imaginar y tematizar infancias posibles, con sus miedos, sus ojos bien abiertos, sus primeros dolores. Y un modo de narrarlas. Bañarme de lenguaje para que emergiera en la superficie mi propia aproximación a la niñez. La mía, la nuestra.

Ese es siempre mi primer modo de acercamiento a un nuevo proyecto de escritura; es el modo en que he descubierto a lo largo de tantos años que me funciona para encontrarme con mi propio imaginario: entrar en un diálogo errático y personal con escrituras otras que admiro.

Y así como busco capturar un imaginario en ese trabajo de buceo con materiales literarios; también me propongo indagar un modo de trabajar con la materia prima de la escritura: la palabra, la lengua, el lenguaje. Cautivada por Silvina Ocampo, comencé a explorar en escrituras sueltas la construcción de imágenes fantásticas. Mientras me sumergía en mis lecturas para encontrar un campo temático y una aproximación a una retórica fantástica, les pedí a las actrices indagar en sus propias infancias en el trabajo de ensayos.

Durante varios encuentros les pedí que llevaran objetos vinculados con su niñez. Construimos un espacio de plena intimidad, en el cual, revivimos experiencias, sufrimientos, pensamientos y sinsentidos de aquellos primeros tiempos de encuentro con un mundo a veces aterrador, a veces pleno de promesas. A veces ciego. Con el correr de los días, fueron apareciendo, en el cruce de las lecturas y el trabajo con los objetos y los recuerdos, las primeras hipótesis de personaje, y sus nombres y sus voces: Lucrecia y Adela.

Lucrecia, una niña encerrada en su habitación y en una precoz madurez, asustada del mundo. Una niña que en verdad ya ha crecido, pero que ha quedado detenida en su infancia. Congelada en su encierro. Y Adela, una institutriz a veces torpe y de buen corazón,  que llegaría para ayudarla a advenir al mundo. Durante varios meses exploramos esas voces, improvisamos pequeñas escenas inconexas, erráticas, surgidas a partir de propuestas de otros objetos que volvían a llevar las actrices, esta vez en la hipótesis de que eran  objetos que pertenecían a sus personajes.

Yo intervenía en los ensayos tratando de encontrar un tono, una melodía, rescatando y profundizando todo aquello que, en su emergencia, se aproximara a la poética de los cuentos infantiles o a la configuración imaginaria de la literatura fantástica. Lejos del realismo, buscaba lo onírico o la pesadilla en su forma de poesía.

Ornella, la asistente dramatúrgica, registraba a mano todos los textos surgidos del trabajo de ensayos. Yo, al recibir los archivos, iba seleccionando materiales textuales, afinando, descartando o torciendo todo aquello que surgía. Algunos materiales textuales volvía a llevarlos al espacio de trabajo, para profundizarlos.  Cerca de la Navidad, cerré el proceso de trabajo de dramaturgia del actor. Nos despedimos con la promesa de reencontrarnos en febrero para ensayar la obra que yo escribiría durante el verano. Y ahí, entonces, llegó el abismo de la hoja en blanco.

Con los recortes inconexos del trabajo de ensayos, y una nueva hipótesis argumental bastante tirada de los pelos, elaboré una primera versión del material. Una primera versión de 26 páginas que no me conformaba para nada, pero que reunía los textos más potentes y significativos del proceso de trabajo con las actrices y los textos que había escrito yo, impulsada por el caudal creativo que me dejaba cada ensayo.  El resultado fue una colección de textos y diálogos bellísimos, pero que en la totalidad resultaban absolutamente inorgánicos.

Terminada esa primera versión, tuve que dejarla de lado y empezar de nuevo.  Sí, tirarla y empezar de nuevo, pero esta vez atendiendo a elementos que aún estaban inexplorados: la construcción de una estructura dramática y narrativa capaz de contener en una línea de acción todo ese arsenal de imágenes y voces, que oscilaban entre lo fantástico y lo siniestro. Y la delimitación del universo espacio-temporal donde se desplegaría la acción.

Luego de seis meses de trabajo con las actrices, se me impuso organizar técnicamente todo el material con el que contaba para, ahora sí, definir qué elementos pertenecían a qué ámbito.

La organización de lo siniestro fue clave para la articulación de la intraescena (la acción, la progresión), y todo el arsenal de imágenes fantásticas y oníricas, se localizaron en el campo de la extraescena.  En esta nueva vuelta, descubrí además que el material reclamaba la incorporación de un tercer personaje que no estaba previsto, y fue así, entonces como sumé también un Padre a la escena; y convoqué para el trabajo a Daniel Begino.

Así todo aquello que se me agotaba como línea de acción se re-lanzó, y cobró nueva fuerza. Con todos estos materiales organizados, surgió, recién entonces allí, una hipótesis narrativa y argumental que permitió organizar la totalidad. ¿El resultado? Así ha quedado expresado en la síntesis argumental.
Lucrecia, una niña encerrada en su cuarto de juegos, espera el regreso de su madre muerta.  Un padre desesperado anida a esa niña en un mundo onírico y pesadillezco, para protegerla y a la vez alejarla del mundo que late afuera.  Adela, la nueva Institutriz, llegará a enseñarle francés a la niña que espera a su madre muerta, en lo que será, tal vez, el último día de la infancia de Lucrecia. O, quizás, el primer día en la nueva vida de Adela.
Desde que terminé de escribir Esquinas en el cielo, muchas veces me han preguntado “Y, de qué se trata la obra nueva?. A lo que yo siempre respondo vagamente, o con evasivas, y finalmente digo: “ya la vas a ver”.

En definitiva, la fuerza de una obra justamente está no en la configuración de su argumento o su conflicto central, sino en el mundo que se despliega a su alrededor.  Es decir, aquello que se constituye con la combinación y selección de las imágenes específicas de una obra, y que dan vida, en el caso de Esquinas en el cielo a lo onírico y a lo pesadillezco, a lo familiar y lo siniestro y que le confieren al texto un aire terrorífico y fantástico.

Pero también la fuerza de una obra radica en la forma específica en que se cristalizan esas imágenes en el tratamiento del lenguaje, y que, en la dramaturgia, no es otra cosa que el tratamiento de la Voz de los personajes y el hallazgo, en el marco de la escena, de la acción que las sostiene. Y eso, es imposible de reponer aquí, en este racconto del proceso de trabajo.

Sin embargo, es en estas dimensiones, el de las imágenes, las voces y la acción,  aquello  en lo que se me va la vida – o al menos, más modestamente, en donde se juegan las eternas horas de mi insomnio – cada vez que escribo.
Esquinas en el cielo es también el intento de narrar el espanto que me producen aquellas infancias psicotizadas, violentadas, anegadas por el horror y la monstruosidad de un dispositivo familiar siniestro. Pero si todo personaje es cronotopo, y toda obra, a su vez, una metáfora epistemológica, ellos son, también esencialmente, la unidad mínima e indisoluble que expresa y busca narrar lo monstruoso de una sociedad que muchas veces ha sido y es perversa y siniestra, aún con su proliferación de bellas prosas y espejitos de colores, que  no son, en definitiva, otra cosa que artilugios, mecanismos de retención para conservar un orden instituido del que nos es tan difícil vislumbrar la puerta de  salida.

Encontrar una palabra con vista al mar. Esto me lo escribí una vez en un post-it hace muchos años mientras leía clasificados buscando departamentos en la costa, y lo tengo desde entonces adherido en mi escritorio. De eso se trata para mí, escribir. Esquinas en el cielo es el título de la obra, y es también el anclaje de su dimensión ideológica. El cielo es, en la obra, aquel espacio que la niña Lucrecia por fin descubre, de la mano de Adela, en el que las cosas pueden cambiar de perspectiva. Donde las cosas pueden suceder de una manera distinta a las que hasta entonces ha vivido en su cautiverio, aterrada por los miedos que le produce un discurso heredado que le ha hecho creer, o imaginar, que la esquina de su calle ha devorado una fila de personas que pasaron por allí bailando un día de carnaval, hasta hacerlas desaparecer.

No desaparecen.
No desaparecen.
Las personas no desaparecen.
No desaparecen.
Están, en algún lugar, están.
Sus cuerpos, sus sueños. En algún lugar, están.

Pero Esquinas en el cielo, es también ese añorado territorio de la infancia, esta patria que inventamos junto con mi elenco, donde también celebramos el teatro. Este teatro que hacemos y que nos permite ya crecidos, seguir preservando al niño que fuimos y a  nuestro vital espacio de juego pero  convertido ahora en oficio, en profesión, en oxígeno, en Voz que algo intenta balbucear…. y con ese horizonte de encuentro que es el espectador.

Tiempo, el de hacer funciones, en el que finalmente se habrá de constatar o desmentir todo aquello que, pomposamente, aquí he afirmado.

Marian Mazover
Directora y dramaturga
Esquinas en el cielo

ESQUINASMPM

Nota publicada en Puesta en Escena
http://www.puestaenescena.com.ar/teatro/1666_todavia-no-hay-esquinas-en-el-cielo-de-mariana-mazover.php

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