Posteado por: saquenunapluma | 03/29/2011

Goce del Texto y La Babel Feliz. Sobre El Placer del Texto, de Roland Barthes.

Goce del Texto y La Babel Feliz. Sobre El Placer del Texto, de Roldand Barthes.

 Por Silvia Colmenero Morales

Roland Barthes escribe en 1977 El Placer del Texto, donde en una crítica social plantea la posibilidad de un convivir textual dentro de la usual dialéctica humana. Propone el goce del texto de placer, ahí donde el devenir es aceptado, ahí donde la crisis del lenguaje no es una amenaza, ahí donde puede hablarse de una Babel Feliz. En esta reseña se hace un meticuloso recorrido por el pensamiento de Barthes en El Placer del Texto, que aunque corto, es una bomba de ideas esperando la explosiva interpretación del lector.

Porque puede existir una Babel feliz, la ficción de un individuo que “abolirá en sí mismo las barreras, las clases, las exclusiones, no por sincretismo, sino por simple desembarazo de la contradicción lógica; que mezclaría todos los lenguajes […] (Barthes, 2000, 10). Porque puede existir un contra-héroe que soporte todas las acusaciones de ilogicismo, que permanecería impasible ante la ironía de un Sócrates aunque lo obligara a contradecirse; porque en el momento en que el lector del texto toma su goce, en ese momento, “[…] la confusión de lenguas deja de ser un castigo, el sujeto accede al goce por la cohabitación de los lenguajes que trabajan conjuntamente el texto de placer en una Babel Feliz” (Barthes, 10). La Babel feliz no es simplemente la utopía de un loco semiólogo estructuralista, Roland Barthes, que cumpliendo el sueño de Saussure (estudiar al signo en general más allá de la lingüística), e incursionando en las hermosas filas de la literatura y la crítica literaria, escribe en El Placer del Texto (1977), la posibilidad de la suspensión del placer en la dinámica de lectura y escritura. La Babel feliz es la realidad del lenguaje que rebelándose ante las estructuras de la lingüística corrompe todas sus leyes, mostrando sus periféricos desbordes, sus intrínsecos desórdenes, sus inesperados cambios, sus comunes transformaciones. La Babel Feliz es la tranquilidad posterior a la aceptación de la inestabilidad de la lengua y su caótica naturaleza, que siendo permanente en este sentido, se desborda constantemente. La Babel Feliz es la cueva del texto donde la tolerancia de la lengua, ya no del lenguaje, genera una convivencia con el devenir de los signos.

Barthes, aún llamando su escrito, El Placer del Texto, insiste en hacer una clara distinción entre el goce del texto (y el texto de goce) y aquel placer del texto (y el texto de Placer), para poder comprender la posibilidad de un devenir de los signos. El texto de goce es aquel que nace de una pérdida, de una deriva, aquel que carece de sociolecto, que nace del cuerpo, que es Erótico. Distinto, el texto de placer es aquel de la literatura hermosa, intencional, pedagógico, aquel que toma de la cultura, aquel del Deseo. Petrificar el sentido de ambos tipos de textos, sería eliminar el esfuerzo de marcar la diferencia que el autor hace través de todo su escrito; por lo tanto habría que ahondar profundamente en la diferencia entre ambos tipos de texto: en aquel de placer y aquel de goce.

El TEXTO DE PLACER, como lo plantea Barthes, sería: “Clásicos. Cultura. Inteligencia. Ironía. Delicadeza. Euforia. Maestría. Seguridad: arte de vivir” (Barthes, 83). El placer del texto puede definirse por un lugar y tiempo de lectura; hay en él un excesivo refuerzo del yo; el texto de placer “[…] contenta, colma de euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura” (Barthes, 25). El texto de placer elimina la deriva, plantea una situación, se basa en las circunstancias y en la secuencia de la narración: es el lugar común de los buenos escritores. “El placer del texto es similar a ese instante insostenible, imposible, puramente novelesco que el laberinto gusta al término de una ardua maquinación haciendo cortar la cuerda que lo tiene suspendido […]” (Barthes, 16). Es un texto de carácter epistémico; es aquel que opone lo que es útil para el conocimiento y aquello que no lo es, aquel que tiene un principio de funcionalidad. El placer del texto se mueve en la logosfera, en todo aquello que puede ser dicho: siendo histórico se puede someter a una crítica.

Por otro lado, el TEXTO DEL GOCE no puede someterse a una crítica. Es “El placer en pedazos; la lengua en pedazos; la cultura en pedazos. Los textos de goce son perversos en tanto están fuera de toda finalidad imaginable, incluso la finalidad del placer” (Barthes, 83). No hay en ellos ninguna justificación posible, no hay construcción planificada, ni recuperación del contenido; el texto de goce garantiza la perversión, lo erótico, es un extremo siempre desplazado, vacío, móvil, impredecible. En él caducan las actitudes gramaticales, se destruye la unidad moral que exige todo producto humano, se llega a la náusea del abandono, se destruye la narratividad: se desfigura la naturaleza. Como lo define Barthes: es “el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje” (Barthes, 25).

En esa crisis, tanto hermosa como peligrosa, está la posibilidad de una Babel feliz. En el texto de goce efectúa en sí mismo una desaparición: aparece (como placer) y desaparece (como goce). Siendo así, podría hablarse de dos tipos de lectura: “Una va directamente a las articulaciones de la anécdota, considera la extensión del texto, ignora los juegos del lenguaje.[…]La otra lectura no deja nada: pesa el texto y ligada a él lee, si así puede decirse, con aplicación y ardientemente, atrapa en cada punto del texto el asíndeton que corta los lenguajes y no la anécdota: no es la extensión que la cautiva, el deshojamiento de las verdades, sino la superposición de los niveles de la significancia” (Barthes, 22).

Habría entonces que atacar ambos textos desde una perspectiva distinta: para el texto de placer se requiere una lectura trágica (aquella que aun sabiendo que va a pasar, pues el texto de placer se mueve en los estereotipos predecibles, finge que no sabe el final); para el texto de goce se efectúa una lectura dramática (se ignora el final, el placer desaparece y aparece el goce). Es tal la diferencia de una lectura a otra, que en una crítica al observador de textos de placer, Barthes propone una tipología psicoanalítica de lectores: “El fetichista: acordaría con el texto cortado, con la parcelación de las citas, de las fórmulas, de los estereotipos, con el placer de las palabras. El obsesivo obtendría la voluptuosidad de la letra, los lenguajes segundos, excéntricos, de los meta-lenguajes (filólogos, lingüistas, logófilos, semióticos). El paranoico consumiría o produciría textos sofisticados, historias desarrolladas como razonamientos, construcciones propuestas como juegos, como exigencias secretas” (Barthes, 103).

Y sin embargo se podría rescatar una lectura psicológica: la del histérico, que “sería aquel que toma al texto por moneda cantante y sonante, que entra en la comedia sin fondo, sin verdad, del lenguaje, aquel que no es el sujeto de ninguna mirada crítica y se arroja a través del texto. (Barthes, 103) El lector de textos de goce se arroja, corre, salta, levanta la cabeza y vuelve a sumergirse; se toma el tiempo de desmenuzar, se da el lujo de tomarse el tiempo, desgarra la envoltura del texto, ignora la narratividad, es un lector anacrónico. Este anacronismo, este desgarramiento del texto, no es mera invención autómata del autor; Barthes parte de una crítica severa a la ideología, a los sistemas, a la valorización de la cultura y del arte en cuanto es útil. La oposición entre el texto de placer y el texto de goce nace de la crítica a otra oposición: aquella entre lo clásico y lo no clásico, lo útil y lo inútil, lo cultural y lo a-cultural, la doxa y la paradoxa, lo tópico y lo atópico.

El texto de goce viene a ser la propuesta ante el histórico conflicto entre las oposiciones comunes. Estamos atrapados en la guerra de los lenguajes, en su regionalidad, en su violencia: para Barthes el conflicto es el más gastado de los lenguajes en tanto que siempre está codificado; este conflicto es sólo el estado moral de la diferencia. Los textos, el arte literario, son sólo valorados mientras se someten a este conflicto. Barthes, en El Placer del Texto, va más allá de la simple caracterización de dos tipos de texto: participa de un análisis y una crítica a los modos sociales, al ya gastado pleito entre “ideología dominante” e “ideología subversiva”; cuestiona la supuesta vanguardia y la innovación del arte; se burla de la antigua oposición entre lo Antiguo y lo Nuevo; posiciona en la cuerda floja las creencias de las revoluciones y el desarrollo de la humanidad. La crítica al placer del texto, es una crítica a su analogía social: “el arte”. Para Barthes el arte parece comprometido histórica y socialmente y por ello que se esmera en destruir los cánones establecidos sin lograrlo: siempre regresa, el consumo lo sitúa en la funcionalidad, lo vuelve útil: es inútil. Para el autor su fracaso proviene “de que la destrucción del discurso no es un término dialéctico sino un término semántico: la destrucción se ubica dócilmente bajo el gran mito semiológico del “versus”. De esta manera el arte está condenado sólo a las formas paradojales, que van literalmente contra la doxa.

Los dos ejes del paradigma están pegados uno al otro de una manera finalmente cómplice: hay un acuerdo estructural entre las formas constatadas y las formas cuestionadas” (Barthes, 88). Para Barthes el placer se mueve entre izquierda y derecha en una dinámica constante de exportación y apropiación, donde se expide hacia la izquierda todo lo abstracto, incómodo y el placer es reivindicado contra el intelectualismo. Todo es la extensión de la ideología dominante. El autor plantea que la existencia de la ideología dominada es un mito: la ideología es la idea en cuanto domina, del otro lado no hay nada, no hay ideología. Cada ideología combate por su hegemonía, y cuando obtiene el poder se extiende en lo corriente y lo cotidiano volviéndose una doxa que encuentra una clase sacerdotal para comunicar y difundir su ficción. “Sólo sobreviven los sistemas (ficciones, las hablas) suficientemente creadoras para producir una última figura, aquella que marca al adversario bajo un vocablo a medias científico, a medias ético, especie de torniquete que permite simultáneamente comprobar, explicar, condenar, vomitar, recuperar al enemigo, en un palabra, haciéndole pagar” (Barthes, 48). De modo que todo es un estereotipo, la palabra fuera de magia, sin entusiasmo, imitada, que se cree distinta en fondo por ser distinta en forma. Todo es un lenguaje, un texto de placer, que se extiende bajo la protección del poder: donde “todas las instituciones oficiales del lenguaje son máquinas repetidoras: la escuela, el deporte, la publicidad, la obra masiva, la canción, la información, repiten siempre la misma estructura, el mismo sentido, a menudo las mismas palabras: el estereotipo es un hecho político, la figura mayor de la ideología” (Barthes, 67). De modo que la subversión es sólo la adaptación es esta misma a la ideología dominante.

Para Nietzsche la verdad no es más que la solidificación de antiguas metáforas. En esta solidificación nacen el resto de las ideologías que desean el poder, y que pretenden su altruismo y su “innovador” contenido. “Algunos quiere un texto sin sombra separado de la “ideología dominante”, pero es querer un texto sin fecundidad, sin productividad, un texto estéril. El texto tiene necesidad de su sombra: esta sombra es un poco de ideología, un poco de representación, un poco de sujeto: espectros, trazos, rastros, nubes necesarias: la subversión debe producir su propio claroscuro” (Barthes, 53).

El claroscuro es la aceptación de la dialéctica que tanto ha sido rechazada. Ese claroscuro es la fisura, el bode anacrónico donde el texto de goce tiene su cuna: la aceptación de ese devenir dialéctico es la Babel feliz. En la guerra, en el devenir dialéctico surgen momentos de paz, de transición, de anacronismo: para Barthes esos momentos son los textos. Aquí el goce y el placer no están en disputa ya, sino en paralelismo: “El texto de placer y el texto de goce son fuerzas paralelas que no pueden encontrarse y que entre ellas hay algo más que un combate, una incomunicación, entonces tengo que pensar que la historia, nuestra historia, no es pacífica, ni siquiera tal vez inteligente, y que el texto del goce surge en ella siempre bajo la forma de un escándalo (de una falta de equilibrio), que es siempre la traza de un corte, de una afirmación y que el sujeto de esa historia… es una “contradicción viviente” (Barthes, 34-35). No hay bordes, sino develamiento progresivo; no hay estabilidad sino aparición y desaparición constante. “Ni la cultura ni su destrucción son eróticos: es la fisura entre una y otra la que se vuelve erótica” (Barthes, 15).

El placer es extensivo del goce tanto como le es opuesto, por eso uno debe acomodarse en la ambigüedad, en el devenir: en la a-topía (sin lugar a (privativa) topos (lugar)). El texto de goce es atópico a diferencia del de placer. “El texto es nunca un “diálogo”: ningún riesgo de simulación, de agresión, de chantaje, ninguna rivalidad de idiolectos; el texto se instituye en el seno de la relación humana, un islote, manifiesta la naturaleza asocial del placer (sólo el ocio es social), hace entrever la verdad escandalosa del goce: que aboliendo todo imaginario verbal pueda ser neutro” (Barthes, 27). De este modo el goce no puede ser revolucionario, es un islote que no puede ser asumido por ninguna colectividad, es particular. Para Barthes el goce del texto “Es la pérdida abrupta de la sociabilidad, y sin embargo no se produce subsecuentemente ninguna recaída (la subjetividad), la persona, la soledad, todo se pierde integralmente. Fondo extremo de la clandestinidad, negro cinematográfico” (Barthes, 64) Ese negro cinematográfico, esa nada que corresponde a ningún lugar, es el goce. Barthes se plantea el cómo salir de esa guerra de ficciones, como establecerse en la fisura, en el negro cinematográfico. Atinadamente responde: “Por un trabajo progresivo de extenuación.

En primer lugar el texto liquida todo meta-lenguaje, y es por esto que es texto: ninguna voz (Ciencia, Causa, Institución) está detrás de lo que él dice. Seguidamente, el texto destruye hasta el fin, hasta la contradicción, su propia categoría discursiva, su referencia sociolingüística (su “género”); es “lo cómico que no hace reír”, la ironía que no sujeta el júbilo sin alma, sin mística, la cita sin comillas. Por último el texto puede atacar las estructuras canónicas de la lengua misma: el léxico (exuberantes neologismos, palabras-multiplicadoras, transliteraciones), la sintaxis (no más célula lógica de la frase” (Barthes, 51).

Se sitúa en un estado insólito, en donde el negro, la nada, la atopía, el goce son parte del lenguaje y no un lenguaje aparte. Este texto de goce puede ser escrito, ha sido leído. Es un texto donde la espuma del lenguaje se forma bajo el efecto de una simple necesidad de escritura. Estos textos “han sido escritos contra la neurosis, desde el seno mismo de la locura, tienen en ellos, si quieren ser leídos, ese poco de neurosis necesario para seducir a sus lectores: estos textos terribles son después de todo: textos coquetos” (Barthes, 14). El escriba es un niño, un glotón, un bebé, que escribe automáticamente, sin planificación, sin intencionalidad de crítica, en el mero plano de la secuencia de formas, de los mensajes pornográficos: en el seno del estilo individual.

Y sin embargo este estilo no podría ser estudiado, no podría someterse a crítica: el texto de goce sólo puede ser gozado. Implantar la predominancia del goce en las instituciones de texto tendría poco porvenir. El propio Barthes admite que “[…] somos incapaces de concebir una verdadera ciencia del devenir (única que podría reunir nuestro placer sin disfrazarlo de la tutela moral)[…] (Barthes, 98). Revela, citando a Nietzsche, que no somos lo bastante sutiles como para percibir el flujo probablemente absoluto del devenir. Esto nos convierte en científicos por falta de sutileza; esto impide una institución del goce del texto: nos coloca en la imposibilidad de convivir en el devenir. Esto no implica que las rupturas del lenguaje no existan, que la lengua sea estable, sino que es imposible elaborar un panfleto científico y estructurado del goce del texto: esto sería un genocidio de las formas comunicativas.

Estructurar la Babel Feliz sería deprimirla; considerar los momentos en que el contra-héroe del lenguaje se manifiesta sería erigirle un monumento, heroificándolo al instante. Es mejor renunciar al paso de valor—fundamento de la afirmación—a los valores, que son efecto de cultura (Barthes, 56). El goce del texto no puede pensarse científicamente: encasillarlo en la ciencia sería ahogarlo, agotarlo, morirlo. Si hubiera una Sociedad de Amigos del Texto, como la plantea Barthes, sucedería que “tal sociedad no tendría ubicación, no podría moverse más que en plena atopía; sin embargo, sería una especie de falansterio, pues en él serán reconocidas las contradicciones, la diferencia observada y el conflicto quedaría marcado de insignificancia” (Barthes, 36). Reunir el devenir es imposible, no puede haber una “tesis” sobre el placer del texto. “Se podría pensar en una inmensa cosecha colectiva: se recogerían todos los textos que hubiesen dado un placer a alguien (no importa del lugar donde viniesen) y se revelaría ese cuerpo textual. Habría una bifurcación inevitable del proyecto: no pudiendo decirse, el placer entraría en la vía general de las motivaciones, ninguna de las cuales podría ser definitiva, en una palabra, tal trabajo no podría escribirse (Barthes, 55). La ciencia de los goces del lenguaje sólo podría tener un tratado: la escritura misma. Si fuera necesario, y posible, Barthes propone que sería bueno una ciencia lingüística que no estudiase el origen de las palabras ni su difusión, “sino el progreso de su solidificación, su espesamiento a lo largo del discurso histórico; sin duda esta ciencia sería subversiva, manifestando, más que el origen de la verdad, su naturaleza retórica, lingüística” (Barthes, 70). Una ciencia que estudie lo vivo, que estudie el presente, que no estudie la cultura pues para Barthes la cultura existe en todas partes menos en el presente. Una ciencia que considere la isotropía del lenguaje, que como un trozo de madera, tiene diferente consistencia: un irregular dibujo de sus venas, de su léxico. “Si fuese posible imaginar una estética del placer textual sería necesario incluir en ella la escritura en alta voz” (Barthes, 109). Una ciencia que regrese al actio griego (un conjunto de reglas que permitían la exteriorización corporal del discurso), que regrese al teatro de la expresión.

Este teatro no se escribiría solamente, se diría. Incluyendo un tono de voz (mixto, progresivo, cambiante), sería fonético. Su objetivo no sería la claridad de los mensajes sino el teatro de las emociones. Buscaría los “incidentes pulsionales, el lenguaje tapizado de piel, un texto donde se pudiera escuchar el tono de la garganta, la oxidación de las consonantes, la voluptuosidad de las vocales, toda un estereofonía de la carne profunda: la articulación del cuerpo, de la lengua, no la del sentido, del lenguaje. (Barthes, 109). Una presencia del texto que “Haga escuchar en su materialidad, en su sensualidad, la respiración, la aspereza, la pulpa de los labios, toda una presencia del rostro humano (que la voz, que la escritura sean frescas, livianas, lubrificadas, finalmente granuladas y vibrantes como el hocico de un animal) para que logre desplazar el significado muy lejos y meter, por decirlo así, el cuerpo anónimo del actor en mi oreja: allí rechina, chirría, acaricia, raspa, corta: goza. (Barthes, 109). Sería la belleza del texto, la presentación del devenir, la posibilidad de una Babel Feliz. ——————————————————————————–

Colmenero Morales, Silvia (2004). El Goce del Texto y La Babel Feliz, reseña del libro El Placer del Texto de Roland Barthes. Texto publicado en la Revista Comunicologí@: indicios y conjeturas, Publicación Electrónica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Primera Época, Número 2, Otoño 2004,

disponible en: http://revistacomunicologia.org/index.php?option=com_content&task=view&id=79&Itemid=92

http://revistacomunicologia.org

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